-¿Qué haces? – Pregunté inquieta. Realmente me afectaba que
su tacto chocase sin ningún tipo de impedimentos con mi piel. Me afectaba y me
atemorizaba pues la sensación que estaba experimentando ahora mismo, era la de
unos días atrás, la sensación que sentía desde que conocí a aquel chico. Esa
extraña sensación que se apoderaba de mi sueño, de mí. De todo.
-Ábreme, necesito irme. Por favor. – El rubito me suplicaba.
Sus ojos estaban casi bañados por lágrimas. Algo realmente
fuerte debía de haber pasado entre él y mi hermana.
Sin embargo, yo, muy a mi pesar, con mi mano derecha, retiré
su preciosa mano de mi brazo y comencé a andar hasta el porche, en el que,
subiendo las escaleras, me arrepentí de lo que había hecho.
-Espera. – Le grité. Mejor dicho, le gritamos.
Giré la cabeza y mi hermana aparecía detrás de mí. Aparecía
limpiándose los ojos, como si hubiera llorado.
Bajó corriendo las escaleras de aquel porche y se abalanzó
sobre Niall, que el abrió sus brazos y la cogió.
Después de eso, se dieron un
apasionado beso debajo de aquel sol de casi Julio, mientras yo, simplemente, me
limitaba a mirarlos, envidiándolos. Con cara de empanada. Cara de embobada. La
sangre me ardía y la rabia me corría cada vez más rápido por las venas. “¿Por
qué no serías tú quién estaba dándole un beso bajo ese sol?” Maldito
subconsciente. Cállate.
-Creo que ya no hago falta aquí… - susurré.
-Vamos, entra… - Liam escuchó aquello último que dije.
Le miré y al instante él me mandó una mirada cómplice. Asentí
con la cabeza y nada más entrar al interior de la casa, comencé a subir las
escaleras.
-¿Qué te pasa con ese chico, ____? – Liam.
-¿Qué me va a pasar? Nada.
-¡Vamos! Sólo te faltaba llorar… Mira, yo no sé qué sentirás
al ver a Niall ni qué te pasa con él, pero no olvides bajo ningún concepto que
es el novio de tu hermana.
-No digas tonterías Liam, yo por ese chico solo siento
respeto. Nada más.
Mentía. Claro que mentía. Mi subconsciente me estaba
empezando a convencer cuando vi aquella escenita típica de las pelis que no
solo sentía respeto por el que era mi profesor de matemáticas.
-Bien. – Liam me sonrió y me sacudió mi pelo. Después
desapareció.
~
Hora de salir de casa. Había quedado con Marcos. La verdad es
que no tenía grandes ganas de ir a pasear a la playa, pero sabía que lo
necesitaba.
En esa tarde no hice nada más que pensar en la escena de mi
hermana besándose con… con él. Me daba rabia, mucha rabia. No la podía
controlar. Ni tampoco podía controlar aquello que revolucionaba ese chico en
mí.
Me miraba en el espejo de la entrada, ya eran las seis, ya
debía de estar cerca de aquí. Junté mis labios intentando que se mezclase el
gloss que me había echado, coloqué mi vestido veraniego decorado de rosas y con
unas sandalias romanas y sonreí. Hora de abrir la puerta y salir.
Allí estaba. ¡Guau! Ese chico era realmente precioso. Su piel
morena gracias a los rayos del sol destacaban muchísimo más esa sonrisa tan
preciosa que decoraba su rostro. Dientes blancos y perfectamente alineados.
-Hola. – Sonreí.
-Preciosa. – Sonrió.
Un incómodo silencio mientras que mis mofletes se ruborizaban
nos rodeaba.
-¿Vamos a tomar algo? Al lado de la playa hay una heladería.
– Se animó a decir él.
-Claro. – Sonreí.
Empezamos a andar y ninguno de los dos sabíamos bien de qué
hablar. Yo estaba realmente cortada, avergonzada, su sonrisa me intimidaba, y
sinceramente, me gustaba.
-¿Y qué harás este verano? – Preguntó.
-Las matemáticas han conseguido que este verano sea el peor
de todos, y debería de ser el mejor. – Dije.
Después añadí una vergonzosa
sonrisa.
-¡Valla! Apenas has empezado el verano y ya sabes que será el
peor de todos. – Marcos se burlaba de mí.
-Estoy segura.
-Bueno, no estés tan segura de ello.
Su sonrisa era increíble. Me lograba tranquilizar y me hacía
olvidar todo lo que había vivido horas atrás.
Pero, como no, algo se interpuso en mi camino. Un pequeño
escalón al que no vi me hizo tropezarme. Marcos actuó rápido y me cogió de
brazo del cual tiró hasta sujetarme y estabilizarme. Me salvó de una gran
caída.
Entre risas de los dos conseguí darme cuenta de lo que
acababa de ocurrir. Ahora me encontraba cerca, muy cerca de él. Casi podía
sentir su respiración moviendo mi pelo.
-¿Estás bien? – Se animó a decir.
Marcos se despegó un poco. Yo pestañeé varias veces y volví a
la vida real.
-¿____? - Abrí los ojos y encontré a Marcos delante de mí.
-¿Estás bien?
-Sí, lo siento… a veces… me quedo pensando y se me va el
santo al cielo. – Marcos sonrió.
-Tranquila. ¿Entramos? – Con toda la tontería acabábamos de
llegar a la heladería.
-Claro. – Sonreí.
Nos sentamos en una mesa de dos. En la heladería se escuchaba
música actual y había poca gente, la mayoría estaba disfrutando de los últimos
rayos de sol del día en la playa.
-¿Qué desean?
Un camarero moreno, con tupé y con ojos color miel, esperaba
ansioso nuestro pedido, mientras que yo, me preguntaba que en qué hora había
entrado ahí.
-Yo un helado de chocolate con nata, por favor. – Dijo Marcos
mientras yo permanecía mirándole fijamente.
-¿Y usted? – Ese morenito se dirigió a mí, y sí, su reacción
fue igual que la mía cuando me vio.
-Yo… - Marcos me miraba de nuevo extrañado. Estaría pensando
que era realmente rara. – Lo mismo. – Opté por decir.
-Bien. – Aquel morenito nos retiró las cartas y desapareció
metiéndose detrás del mostrador para prepararnos los helados.
-Siento no haberte traído a un sitio mejor, pero mi sueldo
escasea. – Se lamentó Marcos.
-¿Trabajas? – Me sorprendí.
-A veces. Cuando me sale algo. Últimamente enseño a un grupo
de chicos de trece años.
-¿Y qué les enseñas? ¿Lengua? ¿Inglés? – Bromeé.
-Skate. – Dijo Marcos orgulloso y con una sonrisa.
-¡Guau! Eso está genial.
-Lo es. Es mi afición. Pasado mañana por la tarde tengo una
competición al lado de dónde vives, ¿vendrás a verme?
Tras pensar unos minutos haciéndome la interesante opté por
contestar.
-¿Eso es una cita?
-Lo es. – Contestó Marcos de nuevo con una sonrisa increíble.
-Bien pues…
-Aquí tienen sus dos batidos. – El morenito nos entregaba los
helados. –Que aproveche.
Tras retirarse de nosotros un poco, miré mi helado.
-¡Mierda! Lleva nata. – Me quejé.
-Claro, lo has pedido igual que yo. – Dijo Marcos.
-¿Sí? – Me pregunté.
Marcos se quedó sorprendido.
-Sí…
-¡Qué torpe…!
Sería por culpa de aquel morenito, Zayn creo que me dijo
Niall que se llamaba. Ese que me escupió sobre mi vestido. Aquel al cual había
matado con la mirada nada más entrar en la tienda y observarle. ¿Qué hacía un
chico como él trabajando? ¿Y en un sitio como este?
-Bueno… ¡Qué aproveche! – Decidió añadir Marcos.
Tras gran rato comiendo los helados, conversamos, de nuevo.
Marcos era un chico interesante, y parecía ser también atento. Se fijó en lo
que pedí. Después de acabarnos esos grandes helados, y tras descubrir que la
nata no está del todo mala, decidimos pasear por la playa y ver el atardecer,
aun que ya era casi de noche completamente.
-Voy a tener que irme ya. – Interrumpí aquella fantástica
tarde.
-¿Ya?
-Matemáticas…
-Entiendo.
Sonreí.
-Te acompaño. – Dijo de repente.
-No, no hace falta.
-Lo haré.
-De verdad, no hace falta.
-Soy cabezota. Pienso acompañarte.
-Bueno… pero solo un poco.
Comenzamos a andar en la dirección contraria a la que íbamos.
-Al final no me has dicho si podrás venir a verme pasado
mañana. – Insistió mientras caminábamos descalzos sobre la arena de la playa.
-Me verás allí.
Marcos me dedicó una sonrisa, una sonrisa a la cual yo le
contesté con otra.
-_____. – Marcos pronunció mi nombre.- ¿Alguna vez te has
enamorado?
Tras un silencio, pensé. “¿Por qué lo piensas ahora? Si
sabías perfectamente la respuesta hace unos días.
Nunca has estado enamorada,
tú misma lo admitías. ¿Por qué ahora te piensas la respuesta? Esa respuesta no
será…”
-No. – Decidí decir. – O sí. – Marcos me miró dubitativo. –
No sé. – Concluí. - ¿Y tú?
-Nunca. – Miró hacia el suelo. – Me encantaría hacerlo. –
Mostró una tímida sonrisa.
Eso creo que era una indirecta, una indirecta demasiado
directa. Frené aquella conversación, sabía a lo que llevaría si no lo hacía.
-Bueno… - Dije yo escapando de aquella conversación. Creo que
ya me has acompañado lo suficiente.
-¿Estás loca? Vamos.
-No, enserio Marcos. Gracias, muy amable, pero creo que ya me
has acompañado mucho. Tu casa está retirada…
Marcos se dio cuenta de que yo no quería que me acompañase
más, quizá también se dio cuenta de que esa conversación me enfrió.
-Está bien. – Se dio por vencido. –Te veo pasado mañana
entonces.
-Sí. – Le sonreí.
Ahora llegaba el momento incómodo. ¿Cómo nos despediríamos?

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